La leyenda
LA HISTORIA DE LOS
AMANTES DE TERUEL
CONTADA POR SANTIAGO GASCÓN
¿Te han contado la historia de los amantes? ¿Has oído eso de "tonto ella tonto él"? Pues despójate de prejuicios y déjate arrastrar por la más maravillosa historia de amor.
De amor, si. Porque el amor mueve el mundo con más fuerza que las guerras o el dinero. No hay más que ver que, ocho siglos después, seguimos enamorados de esta historia.
Te narraré lo que se sabe a ciencia cierta, aunque haya algunos detalles que nos son desconocidos.
Sabemos que a principios del S. XIII, dos jóvenes, hijos de familias nobles de la Villa de Teruel, pasaron de jugar juntos a enamorarse sin remedio. Ella, Isabel, era la única hija de la familia Segura. Él, Diego (o Juan) solo era el segundón de los Marcilla y heredaría poco más que un caballo. Supieron pronto que era un amor imposible, así eran las cosas.
No sabemos si Diego habló con Segura, o sólo hizo un pacto con Isabel, lo que sí sabemos es que decidió marchar a tierras de conquista, ganar un nombre, fortuna, tal vez un título... algo que le hiciera digno de desposar a Isabel.
Sabemos que ella prometió aguardarle durante cinco años. Así lo juraron ambos con los cinco dedos de su mano derecha, sin permitirse ni un beso hasta su vuelta.
Dónde estuvo Diego ese tiempo poco importa.
Con seguridad batalló en las Navas de Tolosa, tal vez en Muret, quizá en las tierras del Levante. Isabel tendría que lidiar otras batallas: rechazar pretendientes, dar excusas peregrinas y contar cada hora, cada día, cada mes que faltaba para cumplir su promesa.
El destino es caprichoso y no nos explicamos porqué Diego volvió con fortuna justo a los cinco años... y un día, y se encontró a la villa entera celebrando los esponsales de su amada y creyó volverse loco y pensó en dejarla viuda. Pero sólo se atrevió a colarse en la cámara nupcial y cuando los esposos estaban dormidos, despertó suavemente a su amada y le rogó un beso.
Un beso que le hiciera olvidar toda la muerte que había visto, que le permitiera decir que por un instante fue el hombre más feliz. Un beso, le dijo, antes de convertirme en tierra.
Pero ella acababa de jurar fidelidad al hombre que yacía a su lado y no podía dar tal prenda a quien más amaba.
A Diego se le agolpó toda la desesperanza del mundo y su corazón no pudo resistir ni un solo latido más.
Cayó desplomado. Muerto de amor.
Cuentan las crónicas que los criados llevaron el cadáver de Diego hasta la casa de sus padres, sin que nadie pudiera explicar tan extraña muerte. Dicen también las crónicas que a los funerales acudió Teruel entero y que no cabía un alma en San Pedro y que, antes de comenzar los oficios, una mujer que ceñía una corona de azahares marchitos se acercó al catafalco, abrazó con ternura al difunto y le besó largamente.
Dicen que en la iglesia solo se escuchaban los latidos de su corazón, cada vez más desbocados y después... el silencio, porque ella cayó muerta en brazos de su enamorado.
Se dispuso que fueran enterrados juntos. Todavía hoy podemos visitar sus túmulos en San Pedro.
Algunas gentes de escasas luces pregonaron que era una historia triste de luto y muerte. Pero en Teruel sabemos que en esa batalla no ganó la parca, sino que salió victorioso el amor. Diego e Isabel consiguieron su propósito: permanecer juntos eternamente. Y cada vez que besas con verdad, cada vez que amas, ellos están vivos en ese momento mágico.
Esas mismas gentes de escasas luces dicen también que se trata de una tonta historia sentimental, pero eso es porque nunca han amado ni han dado un beso de verdad.